El trompo, ese pedazo de madera con forma redonda y púa, aspecto con el que salía de fábrica – sufría un TUNNING MONSTRUOSO que ríanse del de los coches. Se le pintaba colores que al dar vueltas nos ofrecía un espectáculo psicodélico solamente comparable con el “Lucy in the Sky with Diamonds”. Creo que la cantidad de azúcar que comíamos – grandes bocadillos de rica nocilla – se nos quedaba pegada en el cerebro y hacía el efecto psicodélico más contundente. Era muy normal clavarle chinchetas al trompo para conseguir reflejos y amortiguar golpes.
Un trompo un poco más grande y con un taruguito en la cabeza era una peonza.

