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viernes, 10 de junio de 2011

Florentino al gobierno, Mourinho...


La salida de Valdano de Real Madrid entrega a Mourinho la dirección de hecho del club. Los ciclos del entrenador portugués en cada lugar que estuvo se igualan en este punto: aspirar al control total, construir poder, sin parlamentos y sin oposiciones. Ahora, la gestión le pertenece, más que al presidente mismo.
Por supuesto que Valdano no eligió a Mou y, posiblemente, no lo hubiera elegido jamás. Pero su rol no era contratar al entrenador, de modo que sus abismales diferencias ideológicas con el portugués no necesariamente serían un obstáculo. Valdano era capaz de convivir con eso; Mourinho, no.
Real Madrid entrega en esta decisión política parte de su distinguida tradición. El mensaje del club ahora es el de Mourinho. Nada por encima de él. Nadie que planifique trascendiendo su estada. La imagen del Madrid, como nunca, es la de una sola persona. En el plan de Mourinho, Valdano sirvió como coartada para su objetivo final de hacerse con todo el poder.
La hegemonía de su gran rival, además, apura las decisiones. Este Barcelona cósmico tiene una incidencia inflacionaria en el Madrid. Cada vez le cuesta más caro su pretensión de igualarlo o, al menos, de competir a su altura. Esta vez no sólo dispensa recursos económicos en esa empresa, sino que deja jirones de su tradicional elegancia. Es contradictorio como el Madrid, en su aspiración de destronar al Barcelona, se deshace de lo que, justamente, es la parte más sustancial del proyecto catalán: las convicciones, los principios que sostienen todo lo demás.
Barcelona retocará su corto plantel y renovará los ánimos en el intento de prolongar su grandeza. Está tan claro el rumbo que, incluso, una feroz compulsa política no fue capaz de volver inestable el crecimiento deportivo. Barcelona se supera. Guardiola ve un desafío en los tiempos posteriores a las grandes victorias. Como cada año, cada vez más exigente, el desafío de evolucionar. De nuevo, la idea es crecer desestimando la tentación de sólo conservarse. Como un imperio, sabe que en la parálisis expansiva estará su decadencia; y el único modo de parecerse al que fue es procurando una versión superior.
El Madrid, en cambio, impulsado por la urgencia, optó por la salida más sencilla. Valdano se comportó como un caballero y fue más tolerante de lo que cualquiera hubiera podido soportar. Antepuso las responsabilidades de su cargo y la historia del club para evitar una guerra que jamás declaró. Su salida tiene un valor simbólico, además de práctico. Lo que desaparece en el nuevo Madrid no es Valdano, sino el sitio donde él solía refugiarse cuando percibía cada vez una mayor distancia con la conducción. En ese lugar de los valores, las personas no cuentan.
La opción de Mourinho fue radical: "El club soy yo", podría haber dicho. Una osadía, al límite con el delirio, que Florentino aceptó de buen gusto. Como escribió con precisión el periodista Santiago Segurola: "Aterrado por las encuestas, sin entender que el liderazgo reside en las convicciones y las ideas, y no en el variable ruido de la calle, el presidente del Real Madrid ha cedido una y otra vez a la voracidad de su célebre empleado". Florentino al gobierno, Mourinho al poder.
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