Al fin y al cabo, personaje y guionista de la película que es su propia vida, Martín Palermo dejó en suspenso una frase para el cierre, aquella que servirá para responder sobre la verdadera razón de su retiro -ya sin secuela inmediata posible, como algunos imaginaban- y que podría aparecer a modo de nota junto a los títulos finales, con la sala todavía en penumbras.
A menos que sorprenda, como tantas veces lo ha hecho, esa escena es previsible. Por lo que insinuó, se lo verá hablando de su físico, seguramente de su famosa rodilla, la misma sobre la que tantas veces se ha ironizado con una crueldad que, con el tiempo, se fue transformando en ternura, como suele suceder en los relatos que mezclan drama, comedia y, sobre todo, épica.
El desarrollo del film tiene acción y atractivos suficientes como para andar reclamándole, encima, un final imprevisto. Tantas escenas antológicas hay que al mismo protagonista le resulta complicado elegir aquellas con las que se queda. Goles, por ejemplo. Le piden cinco, en la última charla que ofrece antes de su último partido en la Bombonera, y él elige: "El que le hice a River, después de la lesión. A Independiente, desde la mitad de la cancha. A Vélez, el cabezazo desde muy lejos. El gol a Perú. Y el gol a Grecia" .
No termina él de decirlo y uno de transcribirlo, que los hinchas-espectadores de esta vida de película usan todas las herramientas de interacción posible para contradecirlo, ofreciéndole poner también los dos al Real Madrid, aquel N° 100 con la rodilla rota o el penal con los dos pies al mismo tiempo. Cierto, ¿cómo quedarse con cinco, sólo cinco, si son más de trescientos los goles, muchos de ellos insólitos o incomparables?
Tan difícil resulta eso como encasillar en un estilo su carrera-film , que va desde aquel Loco con el pelo teñido, capaz de disfrazarse de mujer para una foto o de tirarse contra los carteles para festejar un gol, hasta este sensato de gorrita, incapaz de responderle con igual descalificación al goleador histórico al que alcanzó y que no dudó en definirlo, obviamente, como un? tronco.
Y no resulta fácil encasillar la carrera-film , tampoco, porque en medio de mayoría de imágenes luminosas aparecen un par desenfocadas, como aquella en la que se lo ve saludando a lo peor de la barrabrava con los brazos cruzados por los códigos o aportando su parte de leña al fuego de un vestuario que supo arder, con él de un lado y Riquelme del otro.
Todo eso junto es Palermo, futbolista profesional-personaje cinematográfico . Tan enorme es su historia que, cómo suele suceder con los tanques hollywodenses, este fin de semana les roba salas a otras películas que también están llegando a su final, como la definición del campeonato arriba y abajo, por ejemplo, nada menos.
Al fin y al cabo, personaje de película, él ha vivido este torneo como una larga sucesión de partidos-escenas . Y se acerca la última: la Bombonera llena, las lágrimas, los títulos, el fundido a negro? Cómo continuará, es justamente, otra historia: imaginarlo a Palermo dentro de diez años, seguramente DT, en este fútbol que tritura recuerdos, es una invitación a fijar este presente como algo incomparable.

